No lo tienes fácil si sientes inquietudes surferas y vives en la seca meseta castellana. Con la costa más cercana a más de trescientos kilómetros, las únicas olas de las que vas a disfrutar son las de calor en verano y las de frío en invierno. Así que todo queda reducido a contados y reducidos episodios de tiempo vacacional para vivir alguna experiencia marítima.
Recuerdo mi primera aventura sobre las olas, si es que puede catalogarse como tal: Disfrutaba yo del periodo estival junto a mi familia en uno de nuestros viajes al sur, cuando en lugar de hacer castillos con la arena de la playa decidí divertirme con un colchón hinchable que andaba abandonado entre las sombrillas. Me lo pasaba en grande subiendo y bajando de él mientras las olas nos zarandeaban. Y entonces ocurrió el milagro, pues sin comerlo ni beberlo me vi sobre una ola que me dejó en la orilla con toda delicadeza. Apenas unos segundos pero tiempo suficiente para marcar con fuerza en mi memoria aquella breve y placentera travesía. Fue la casualidad la que hizo que coincidiera yo sobre el colchón y una ola empezando a romper para que la magia fluyera sin más. Y así quedé en la orilla sin saber muy bien lo que había pasado.
Me gustó tanto la efímera sensación vivida que intenté infructuosamente que se repitiera. Me pasé toda la mañana sobre el colchón intentando coger de nuevo una ola, pero no fui capaz de conseguirlo. O bien las olas pasaban de largo sin mí, o yo perdía el equilibrio y era revolcado con el consiguiente chapuzón y trago de agua salada. Desanimado volví a casa esperando tener más suerte al día siguiente, pero de nuevo me fue esquiva, ya que el mar estaba en calma y las olas no me llegaban ni a la altura de los tobillos. Y así se acabaron las vacaciones y mi primera y pasajera experiencia surfera.








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