¡Tigana! gritan los últimos supervivientes de la guerra, pero sus ansias de libertad caen en saco roto. Su tierra ha sido conquistada, castigada y olvidada. Sólo ellos con su esfuerzo pueden devolver a su patria la memoria perdida por las artes hechiceras. Un último intento es posible antes de ser olvidados para siempre.
La introducción del libro (no es un spoiler) nos sitúa en la Península de la Palma, donde tras años de guerra, dos poderosos hechiceros luchan por hacerse con el control total de la zona. Mientras, unos pocos valientes luchan en secreto por devolver a su tierra la memoria robada.
Podría ser un argumento válido si no fuera porque la trama está estirada al límite y a este tochazo de libro le sobran un buen puñado de páginas. Las escenas son eternas, dando vueltas a la madeja una y otra vez, repitiendo los pensamientos y las reflexiones de los personajes hasta el aburrimiento. Con frases larguísimas, donde comas y más comas enlazan oraciones sin fin. Y salvo dos o tres giros contados, toda la narración es predecible y no encontramos ningún obstáculo que ponga trabas a la acción de los protagonistas.
Es mi primera aproximación al mundo de Gavriel Kay y no ha sido nada exitosa, así que por el momento lo dejo aparcado antes de meterme en más berenjenales. Me marcho con los zombies que pese a su parsimonia son mucho más amenos que este libraco interminable.









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